Hace tres semanas aproximadamente conocí a alguien, no tuvo la mayor importancia, un ser humano más, nada esperado. Entonces se acercó a hablarnos ( a mi y un grupo de amigos) y me dí cuenta que había algo particular en él, algo que no pude vislumbrar con claridad en ese momento pero algo había.
Por arte de magia, cosas del destino y porque me agregó a facebook, empezamos a hablar. Primero conversaciones grupales en las que no podía parar de reírme y él tenía mucho que ver definitivamente. De pronto y de la nada empezamos a hablar en un chat aparte, cosas banales, sin relevancia. Pero algo era innegable, me reía, nos reíamos, una risa sincera que no hacía más que ponerme de buen humor. Las conversaciones se volvieron parte de mis noches y empecé a querer que se repitieran todos los días.
Antes de volverlo a ver, en mi memoria me resultaba borrosa su imagen, el día en que lo vería quise creer que no me llamaría la atención, no más que la primera vez. Me relajé, asumí que todo seguía y seguiría igual porque que finalmente así yo lo quería, ¿Para qué cambiar mi estado emocional? ¿Para qué alterarlo? No valía la pena, no para mí. Y finalmente uno no decide, en realidad pude evitar verlo ese día si así lo quería, pero no lo que sentiría al verlo. No podía no estar nerviosa, no podía no querer mirarlo a pesar de que NO me miraba, no existía. En algún rinconcito de mí quise pensar que lo hacía muy discretamente.
Y bueno, terminó la reunión de ese día, y mis ganas de conocerlo solo habían aumentado, muy a pesar de lo que quise creer, porque a esas alturas ya no importaba lo que quise antes, si no lo que quería a partir de ese día. Lo volví a ver en la noche, por una salida grupal ya previamente programada, bailamos, nos reimos como siempre y no quería que esa noche se acabe. Pero como todo tiene su final, se terminó, y me quedé con un buen sabor, un buen sabor de él, de la noche, de la vida; su mirada y su risa me explicó lo que vi el primer día y no pude identificar: Era su sencillez, su autenticidad, su forma dura y sensible de ser.
Lo he vuelto a ver un par de veces más y ahora, cuándo debería ser más feliz, tengo miedo. Miedo de enamorarme, miedo de ser yo la que termine colgada de su particular personalidad, de ser yo la que quiera seguir, la quiera dar todo y él nada. Prefiero quedarme cómodamente en mi zona de libre soledad, solo por no asumir el riesgo de volver a sentir. Y me siento cobarde cuando sé que no lo soy.
Ganaré o perderé, pero viviré.

