Ha pasado casi un año desde que te vi por última vez. Tantos varios meses desde esa última vez cuando pensé que no sentía nada, solo pena en esa última visita en que te vi parado en mi puerta, confundido y sin saber muy bien qué hacer.
En mi cabeza te fuiste lejos, en un viaje sin regreso definitivo, porque sabía que no te quería volver a ver. Pero siempre estuviste cerca, más cerca de lo que te puedes imaginar y seguramente no lo sabes. Asumí que te fuiste de viaje, cuando en realidad solo lo imaginé. Me inventé esa historia para poder seguir y me autoconvencí de que me hiciste un favor.
Te fuiste haciendo promesas que sabías que no cumplirías, que nunca nadie cumple. Yo quería pensar que fue lo mejor, que fui buena por entender tus planes, tus sueños y dejarte ir; total, yo ya me había ido antes sin que supieras.
Te fuiste haciendo mucho ruido y dejando una sensación confusa, que aún persiste, pero me niego a averiguar qué es. Realmente es miedo, porque no quiero abrir heridas que he asumido como cerradas, no quiero investigar, no quiero averiguar, aunque ya me siento lista para eso, pero aún sigue siendo difícil mirar detrás del telón y ver a los actores sin máscaras, a las personas y no a los personajes.
Debo decir que verte después de casi doscientos días fue confuso, pero en el fondo era lo que quería. Aunque no tenía certeza de nada, aunque no sabía si pasaría, lo deseaba tanto que te vi. No supe como reaccionar, sentía entre emoción y ganas de alejarme, porque no quería lastimarte y no quería lastimarme.
Te vi y solo te sonreí. Siempre con mi sonrisa sincera, aprendida e impenetrable, como si todo estuviera bien. Pero la verdad, desde que te fuiste, nada estuvo bien. Desde que te fuiste no he sabido de transparencia ni sinceridad, no he sabido de entrega y ganas.
Volviste, sin querer. Volviste y no te volviste a ir, pero nadie lo sabe, ni siquiera tú. Tuve cólera conmigo misma por permitirte volver después de tanto tiempo, sobre todo por la forma en que te despediste, con una carta que no dio espacio para una respuesta. Y aunque no lo sepas, te fuiste en el peor momento de mi vida, en los meses más oscuros, cuando no podía estar bien ni contigo ni con nadie, ni siquiera conmigo, pero no lo entendías. Tal vez con 31 años ya puedas hacerlo.
Pensaste solo en ti y lo entiendo. No podías seguir y yo tampoco, no en ese momento. Quise acercarme, he querido hacerlo más de una vez, pero pienso en ti, en tu nueva vida, en las nuevas personas que te acompañan y no quiero interferir, no quiero porque tengo miedo, miedo de confiar, porque ya me fallaste una vez y yo también te fallé.
Miedo porque sé que cuentas tu propia historia, porque en esa historia yo fui mala, en esa historia con verdad a medias, solo yo fallé. En esa historia donde supuestamente yo gané y tu perdiste. No seré yo ahora quien trate de explicarte que estás equivocado, que tu historia tiene piezas incompletas, porque me he cansado de dar explicaciones y porque sé que tal vez no quieras escucharme ni entenderlo.
No sabes muchas cosas de mí, crees que sí, pero no; solo lo que escuchas, información parcial de terceros que creen conocerme o saber sobre mi vida y se atreven a juzgar. No sabes de mis errores y mis aciertos. No sabes que aún conservo ese único regalo improvisado, de esa canción que me recuerda a ti porque me dijiste que te recordaba a mí y que escucho al menos una vez al día. No sabes que pronto me voy yo también.
Pero nada importa, nada es relevante ahora porque nada cambia. El viento sopla en el mismo sentido y yo solo lo sigo, ya no lucho en contra.
Tal vez pasen otros casi 200 días para que te vuelva a escribir, o quizás no pase nunca más. Solo te he escrito una vez antes, porque cada vez que te escribo es un punto aparte que, en realidad, podría ser el último, y no sé si estoy lista para que llegue el punto final; al menos no después de casi 200 días.