Cuando crees que tienes todo bajo control, planeas tus días, tu vida, haces una programación con fechas y horas de todo lo que tienes que hacer cuando llegues a tu destino después de 10 días -necesarios- de viaje: Teatro, gimnasio, citas médicas, clases de marinera, amigos, salidas pendientes, compras y derrepente todo cambia. Vuelo cancelado. Te desesperas, vuelves a programar todo, tratas de no salirte del plan y otra vez la vida, se encarga de moverte todo lo planeado.
¿Qué puedes hacer? Ya es la segunda vez en menos de 48 horas que te cambian los planes sin que puedas hacer mucho al respecto. Tiene que ser una señal que debes ver sí o sí, no puedes forzar algo que no está destinado a que pase.
Para una persona a la que le gusta hacer planes y tener todo bajo control -como yo- es algo difícil, pero cada vez menos.
No hay alternativa no forzada para hacer este viaje. Solo queda aceptar, soltar y agradecer. Esto es algo que vengo aprendiendo en estos últimos meses. Se me han presentado mil situaciones -aunque previsibles algunas- fuera de mi control, para prácticar el mantener la calma y controlar mis ganas de querer controlar -casi- todo.
Es bonito cuando aprendes a ver la vida de otra manera, más ligera, aunque ello implique algo de "dolor", es un "dolor" que transforma.
Por algún motivo la vida no quiere y no permite que regrese a Lima aún. No sé qué tiene preparado, no sé cómo vendrá mañana. Así que solo me queda disfrutar de estos días lejos, rodeada de gente bonita 🤎.
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